miércoles, 28 de marzo de 2018

DE CUANDO YA NO ESTUVISTE





¿Desperté o estaré soñando? Siento el silencio seduciendo a mi alma y las cosquillas recorren mi cuerpo, mientras los arreboles se plasman en mi piel dejándola de cobriza a rojo intenso.

Pienso en ti... Inevitablemente, siempre pienso en ti. Hay un dejo a  tu aroma a lo lejos ¿Estás o te fuiste? No lo sé. No quiero saberlo tampoco… De pronto, un recuerdo garrido me abraza y no me deja dudar. Te quedas un momento en un bamboleo del tiempo, como si 10 años se redujeran a solo un instante, uno que pasó cuando terminaba de pensar esta frase... Quédate. Ven. Yo te escondo. 
Aparece el viento celoso, arrastrando tu perfume y sus recuerdos a la mierda y así, de pronto, te vas. 
Te vuelvo a ver desapareciendo entre las tinieblas de la noche que se hace firme... Cuánto de eso... cuántos días sin noches, cuántas noches apoderándose del mundo: Desierto y mar. Hambre y banquete. Tú y yo. Lo innegable y lo imposible.  

Miro de nuevo al cielo y es una noche parecida a la anterior, con niebla a ras del empedrado y silencio fúnebre. Quietud por todos lados, menos aquí, en esta habitación donde me paseo de lado a lado tratando de calmar la inquietud provocada por recordar tu recuerdo, torturándome por la ausencia. Quietud por todos lados…y tú no apareces. 

Puede ser que por benevolencia o por amnistía, alguien escuche mis suplicas y te traiga de nuevo a mí.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER  


















martes, 27 de marzo de 2018

BITÁCORA DEL CAPITÁN, DÍA 2




Se aproxima la aniquilación de los días... Oleadas incesantes de insomnio dispuestas a destruir tanto como puedan... Un vacío en expansión desde la creación misma comienza a  proclamarse entre lo que que ahora me quita el aliento  y yo... No importa cuántos años lleve a cuestas. No importa lo que haya aprendido antes de hoy. No importa que las heridas aún duelan al recordar, si con tal de todo, la promesa de un beso se puede ver a contra luz. 

Tengo los ojos nublados con cataratas. Soy ciega, sorda y muda al caminar. De corazón,ni las angustias quedan, pero de las cenizas restantes, se levantan resplandores de un nuevo albor. Amanecer con gusto a  ¿él?

Nada es certero desde hace un tiempo atrás. Ni la continua sucesión de días con sus noches y sus desvelos. 
Las heridas dejaron de doler de pronto, como si su nombre fuera un vaho santo, que sana las cicatrices deformes de tanto amor a medio morir.  Un presagio soplando desde el horizonte hasta mis velas, sus ojos mirándome fijo, enviando mensajes encriptados en cada pestañeo para que nadie sepa de ocurrido en lo cotidiano. Los secretos continúan secretos, cuanto más a la superficie se guardan. A nadie se le ocurre buscar a simple vista. Es demasiado obvio. 

La electricidad nacida de la tormenta, la luz incandescente de un rayo lanzado a las aguas, condena en su belleza. Siento la misma energía recorriéndome el cuerpo: Un peligro latente, un deseo en fervor, destrucción y caos... Sus manos en mi piel.

Es el instinto arremolinándose de a poco...
Son sus ojos, el despavile del hielo del cual, soy prisionera.
Es el tiempo detenido en la idea de volverlo a ver...
El ansia de quitarle la indumentaria....



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER. 

lunes, 26 de marzo de 2018

BITÁCORA DEL CAPITÁN, DÍA 1






Bitácora del Capitán, día 1:
Ansias… las ansias consumen peor que los pecados inconfesos. Se confunden con la angustia despertada desde el vacío dejado por un fantasma carroñero de juventud y prometedor de primaveras en fulgor: el amor.

Ansias como sinónimo de deseos impuros en su máximo esplendor, quitándome el descanso para convertirlo en despilfarre de horas plagadas de una fantasía tan real que casi logro tocarla con la punta de mis dedos, pero tan tenue como mi voluntad por estos días.
Ansias llamadas a combate tras ver el amanecer de una posibilidad tiznada de errores y tiempo bailando vals, separándonos en polos opuestos del mundo.

Sonrisa seductora que me arrebató la cordura.

La resurrección de esa sonrisa ponzoñosa cuando pensé se había convertido en un recuerdo sin recordar, perdido por los recodos de la memoria y ahogado en varias copas de alcohol después de haber proclamado por mi propia voz, desconocer a su dueño cuando el futuro llegara. Aquí está de nuevo, dirigiéndose directo a mis ojos, invocando a mis instintos a saciar su naturaleza.

Ansias de esa sonrisa por las mañanas y justo antes de dormir.

Navego por aguas surcadas mil veces y siento que esta vez la marea es distinta, los vientos son cálidos con olor a manzanas acarameladas y una esencia familiar, aunque indistinguible del beso salino de brisa en mi cara, se proclama por estribor como el ancla que detendrá mi huida de aquí. Las corrientes son tranquilas, particularmente tranquilas con un arrullo cargado de un gemido pospuesto, pero suyo, por mí.
Todo es tan igual… todo es tan distinto.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

jueves, 8 de marzo de 2018

EL CUERPO TIENE MEMORIA





El cuerpo tiene memoria. Recuerda la sensación del viento salino escociendo las junturas cuando el atardecer está pronto de nacer, o el dolor de una herida al contacto con las vendas y el agua, los detrimentos de la piel al regenerarse sin tener conciencia… Un dedo deslizándose tentador por la espalda cuando no se sospecha…

El cuerpo tiene memoria. Recuerda el escalofrío que causa la mirada profunda de un asechador a la espera de atacar al bajar la guardia, el pánico de ya no sentirla de pronto y reconocerlo, sin dudar, al pasar entre la caterva al salir tarde a caminar sin rumbo. Se sabe quién la causa, es inconfundible como una marca tácita desprovista de firma clara, pero irrepetible.
El mío no ha olvidado las quimeras desatadas desde el otro extremo del salón con cada pestañeo de esos ojos oscuros, peligrosamente oscuros similares a las nubes que acarrean tempestad sobre los trigales.
El mío extraña un beso en el cuello dejado en un descuido entre el ajetreo de lo cotidiano, la electricidad descargada de los labios tiernos repletos de perversión sin tener deseos de profanar la inocencia. Hay anhelo desparramándose por doquier y nada que traiga algún recuerdo de pronto desde el panteón donde ya ni cenizas quedan de la historia.
El mío siente una respiración haciéndose sutil al profundizarse en el letargo. Siento unas manos adueñándose del espacio congelado y placer suspendido en el tiempo, garfios enganchándose de mí cuando el sueño es exaltado por un vestigio de voz familiar llamando desde lejos a las vulnerabilidades del orgullo. Te siento decir mi nombre cuando el cólera ataca al verte desprovisto del futuro. Me pasa lo mismo. También llamas mi nombre con amor por estos días, es una vibración inquietante, bailarina en el pecho, que aparece los viernes en la noche, cercana a las 10, nostalgia amalgamada con melancolía y una copa de bordeaux. El cuerpo reconoce a su dueño, aunque el dueño ya no esté.
ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER.  

DROGAS DE ADICCIÓN





Una vida detenida en un segundo,
Un antes y un después de todo,
Una taza de té enfriándose lento,
El vacío insostenible de la noche por venir.

Las ganas de avanzar y salir del camino,
Antes de la colisión inminente con el fin,
Sin poder mover los pies, cargados de concreto,
La última exhalación antes de morir.

La angustia de la ausencia en el correr del día,
La desesperación de andar buscando lo que no está,
Pensamientos esquizoides debutando uno por uno,
Mientras tiritan las manos sin piedad.

Olvido. Olvido de dormir y respirar,
La fatiga predisponente ante un albor,
Caricias fantasmas levantadas de un sueño,
Sabor a soledad colándose sutil.

Anestesia en un corazón terminal,
Expiación para los condenados de esta tierra,
Tus aflicciones desnudándome las mentiras:
La libertad conocida al besarte por primera vez.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

PODRÁN HACER DE MÍ




Podrán quitarme el descanso. Sí podrán.
Podrán hacer de mis inseguridades su mejor defensa y yo caeré.
Podrán amenazarme el futuro y volverlo negro y pedregoso.
Podrán hacer que ya no quiera vivir.
Pero nunca, el sueño.
Nunca la entereza.
Nunca la ilusión del porvenir.
Nunca la esencia misma.

Podrán quitarme las fuerzas y hacer del cansancio el vestido de diario.
Podrán alejarme del mundo en completa aislación.
Podrán ponerme un yugo y atarme las manos.
Podrán hacer que los días no cuenten más.
Pero nunca, la convicción.
Nunca mi familia.
Nunca la capacidad.
Nunca la experiencia.

Podrán hacer de mí, lo que quieran.
Podrán humillarme hasta el llanto.
Podrán convertir el universo en un presidio.
Podrán quebrarme las piernas.
Pero nunca, podrán conmigo. 
Nunca privarme de la revancha.
Nunca coartar mi albedrio.
Nunca me dejarán sin levantarme.

Podrán quitarme la comodidad y llenarme de espinas el reposo.
Podrán hacer que el agua no calme la sed.
Podrán arrebatarme el aire y hacer la respiración dificultosa.
Podrán despojarme de todo.
Pero nunca, quitarme la autonomía.
Nunca sacar al mar de mi ser.
Nunca robarme el suspiro.
Nunca, nunca las palabras que escribo.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

jueves, 15 de febrero de 2018

EL GRITO





Ese sonido.. ese devastador sonido hizo darme cuenta que la vida cobra factura cuando menos se espera.
Cargos por las mentiras dichas, los daños infligidos, por hablar mal y con odio de personas sin sentido,  por todo pecado realizado alguna vez…
Ese sonido que congela el tuétano de un golpe y trae de pronto,  imágenes fugaces de todo lo que pudo  haberse hecho antes para evitar tan tenebroso desenlace. “Si tan solo"… reinó en mis pensamientos… Si tan solo hubiera revisado, si tan solo hubiera esperado, si tan solo fuera más cuidadosa, sin tan solo… Ya nada servía y de mi arrepentimiento ¡Oh qué hablar de ellos! Aparecieron en batallones incriminándome por el descuido.

Ese sonido, el que uno no quiere escuchar jamás, porque se sabe es una forma tétrica de recordarnos la humanidad acarreada y lo imperfecta que resulta ser… Es el sonido de la dependencia haciéndose manifiesto y de la inutilidad enraizada a ella, la propia insignificancia, si se quiere, resumida a un acto que marca un antes y un después.

Ese sonido, ese puto sonido del celular cayendo al agua.


ESCRITO POR:FRANCISCA KITTSTEINER

martes, 6 de febrero de 2018

A LO ROJO SE VA EL TORO.







-        -  Epa, epa, epa… ¿Qué haces dando tumbos por aquí? Nadie aparece después de tanto tiempo porque sí… - Dije al aire tras oír tu voz escarbando en mis recuerdos.

“¡Ay mi Fran, cómo se nos pasó el verano tan rápido!” Tenías razón en ese entonces, se nos hizo poco entre conversaciones mundanas sobre ideales distintos, tragos de tequila mirando las olas a medio turno de trabajo y música extraña para jugar a ser unos wurlitzer, pero no había vuelto a pensar en ti. Mis espacios vacíos los llenaba otro nombre, casi surreal por estas fechas, fórmulas de conversión a dosis pediátricas y un sinfín de síntomas apiñados para tal y cual enfermedad. Tú, de pronto fuiste, una buena anécdota para contarles a las amigas entre cervezas y cigarros.
-         - Aquí nos conocimos – Dije – y si nos volvemos a encontrar, tiene que ser aquí.

El día había aparecido cubierto de nubes de mar a cordillera, las olas reventaban con una fuerza magistral, se respiraba sal y olor a cochayuyos arrancados desde las profundidades: La atmósfera perfecta para salir a caminar sin rumbo.
Eso provoca los días grises en mí, la revitalización del alma austera, un golpe brutal de energía… A todos no se nos da eso del sol radiante.

Hacía ya tiempo no vestía de rojo, puede ser por las inseguridades levantadas con el correr de los años, pero “Qué más da – Pensé – A lo rojo se va el toro.”
Puse algo de brillo en mis labios, un par de aretes al tono, pantalón ajustado y sombrero de ala ancha para encubrir la mirada. Caminé horas por una playa al borde del abandono, colonizada por resto descuartizados de medusas sin suerte. No sé en qué momento el sol hizo su entrada triunfal, deshidratándome las ganas por descubrir lo que había un par de kilómetros más adelante.
Hice planes a futuro, conversé con el mar sobre mi mal de amores y él rió, organicé la lista del supermercado, canté a todo pulmón, luego de asegurarme que nadie pudiera escuchar, recé por mis muertos, agradeciendo el legado que me dejaron en bandeja, esperanzada en la idea, de algún día, poderlos abrazar de nuevo y contarles que después de todo, no lo hice tan mal, recogí un par de hultes secos para dárselos a mis perras al volver a casa. Son iguales que niños: se entretienen con tan poco. También agradecí por ellas.

Ya se me había acabado el agua cuando caí en cuenta que la tarde se escapó sin aviso. “Si tan solo el mar fuera potable, nada me detendría.”
Retomé camino conocido, sin importarme lo empapado del pantalón al ponerme a jugar a la tiña con el mar y media hora más tarde, una ventolera malintencionada me distrajo quitándome el sombrero. Levanté los ojos y sobre un socavón de arena, estaba este personaje de pelo oscuro alborotado y lentes de sol sumido entre las líneas de un libro amarillento recibiendo el respirar salino de las aguas en carnaval.
-          -   ¡Ay mi amor de verano, cómo se nos pasaron tan rápido estos años! – Suspiré tras percatarme que el niño que conocí había proscrito para darle paso a un hombre con el que, de seguro podría ser yo misma.
Me hice la desentendida y con paso raudo avancé sin mirar atrás…
Esa costumbre de sabotearme las coincidencias, es más fuerte que yo.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

viernes, 26 de enero de 2018

BÉSAME EN SILENCIO




Un rumor a destrucción se arremolina más adentro, ocupándolo todo, adormeciéndome el albedrio. Un llamado conocido y supurante de angustias resuena, sin embargo, no respondo. Hoy no tengo ganas.
El sol golpea fuerte asomándose entre las nubes que lo ocultan, pero el viento con sus suspiros, cancela los latigazos de fuego en mi piel.
Todo es gris: el cielo, el mar, la espuma, los recuerdos, hasta las gaviotas volando en frente son cenicientas y yo sigo hipnotizada con el rastro de sal que queda por las olas al reventarse contra las rocas; hay un mensaje escondido en ese velo casi imperceptible…
El día pasa, se va rápido como arena seca escapándose por los dedos, dejando la misma sensación a polvillo añejo, un vestigio de lo que estuvo antes, la sed inaguantable, el palpitar de la carne en respuesta al dolor. Arena para la astringencia del llanto en reserva. 

Cae el sol, lo sé por el frío, no porque lo vea, aunque a lo lejos algo moribundo se le puede llegar a parecer. Se ahoga en su propia mierda por dimitir ante las nubes. Creo que también moriré así.

Hay dos niños jugando a perseguir el agua. Casi nos puedo reconocer en ellos. Teníamos la misma edad cuando nos encontramos y los mismos coqueteos inocentes ocupábamos en aquel entonces. Ojalá ellos sean más inteligentes. Ojalá sepan que el encontrarse prematuro en la vida, no es sinónimo de un amor pasajero…
Le pido al mar se apacigüe un poco. Ese es mi regalo para ellos: la ausencia de preocupaciones por cinco minutos… Hay veces en que solo bastan cinco minutos para determinar una vida entera.
Él me hizo caso y se recoge. Ellos se besan. Yo muero un poco más.

Debuta la bruma a ras de piso y en el cielo, las nubes se fueron a dormir. Miles y miles de estrellas se aglutinan sobre un ébano profundo. Algunas se lanzan al mar creyendo que otro cielo existe ahí, otras titilan tan fuerte como pueden pues, presienten su extinción a la vuelta de la esquina. El resto se queda estacionado en la contemplación del universo y su reflejo como escarcha en el agua.
Un olor a baja marea se desprende, a añoranza vieja… Un deseo por concluir.
Quiero moverme, pero un magnetismo sigiloso me detiene, un dejo de seguridad parecido al abrazo materno en noches de pesadillas.
Ya estamos solos. La gente se marchó y las aves retornaron a sus nidos.
-          -Tengo tanto por contarte – Dije en voz alta, cargada de melancolía. – Pasaron los años y seguimos siendo tú y yo. – Él rugió.
Me levanté para mojarme los pies en la espuma. Comencé a hacer agujeros en la arena con los dedos mientras caminaba conversando con sus gruñidos. Le conté lo que a nadie le había dicho tal vez, por vergüenza o bien, por orgullo; a final de cuentas es la misma porquería: Trabas, caminos sin salida y oscuros, con melasmas de zozobra impregnados por los recodos… el retrato de una soledad austera y presuntuosa. Creo que le oí llorar, aunque pudo ser otra ola desintegrándose de golpe.
-          - No. – Le respondí. – ya no soy la que solía ser. Fui abatida sin darme cuenta o no lo quise hacer. Ni rastro queda de la que conociste. Hay veces en que también la extraño. En alguna parte se perdió, sin dejarse encontrar. En una de esas, se marchó a buscarle.
El agua estaba tibia, peculiar para estas fechas y latitudes, un cambio sutil con un entrelíneas. Podría ser una advertencia o solo el efecto del calentamiento global.
Apareció la luna en creciente, tímidamente teñida de rojo para destacar entre tanto negro. Puse las cosas de vuelta en el bolso para volver a casa y emprendí rumbo.
Alguien venia caminado en sentido contrario, también solo, con las manos en los bolsillos, el pantalón arremangado hasta las rodillas, conversando con el mar. “Otro loco. – Pensé. – Todos actuamos igual.”  Venía lejos, sin importarle la subida de las aguas, absorto mirando el vacío, ausente, como cuando alguien pierde algo y nada más importa. La marca de un corazón destrozado. Sentí pena por su dolor.
Pasó por mi lado y hubo un estallido proveniente de ningún lugar, se iluminó en horizonte con  candiles de gala, escarcha y vanidad, con un silencio demencial mientras al agua retrocedía. “Terremoto” Pensé.
El hombre se quitó la capucha para poder ver mejor lo que sucedida a lo lejos.
-          - Magia – Dijo sin percatarse que yo continuaba ahí, dispuesta a salir corriendo en cualquier segundo. – Magia vieja de sirenas en fuga. – Tras decir esa frase, supe que acabaría todo.
-          - Magia vieja que envuelve a las almas al reencarnarse. – Le contesté. Su expresión cambiaba del extasis al pánico por hallarse en el mismo lugar y a la misma hora con la misma persona que hacía tantos años atrás.
-          - Magia vieja… que me trae de vuelta a mi sirena. – Me tomó la mano sin preguntar siquiera.

El rencor había quedado relegado al olvido. El tiempo perdido se convirtió en un lapsus de animación suspendida. La muerte no perseguía la felicidad. Se habían separado para siempre la una de la otra. Éramos una vez más, los niños de edad temprana jugando a ser adultos con un amor en pausa.

-          - Bésame en silencio. – Le dije, reconociendo en sus ojos al hombre que amé. – Me lo debes.
-          - Te debo la vida entera. Haz con ella, lo que quieras.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER


BÉSAME EN SILENCIO




Un rumor a destrucción se arremolina más adentro, ocupándolo todo, adormeciéndome el albedrio. Un llamado conocido y supurante de angustias resuena, sin embargo, no respondo. Hoy no tengo ganas.
El sol golpea fuerte asomándose entre las nubes que lo ocultan, pero el viento con sus suspiros, cancela los latigazos de fuego en mi piel.
Todo es gris: el cielo, el mar, la espuma, los recuerdos, hasta las gaviotas volando en frente son cenicientas y yo sigo hipnotizada con el rastro de sal que queda por las olas al reventarse contra las rocas; hay un mensaje escondido en ese velo casi imperceptible…
El día pasa, se va rápido como arena seca escapándose por los dedos, dejando la misma sensación a polvillo añejo, un vestigio de lo que estuvo antes, la sed inaguantable, el palpitar de la carne en respuesta al dolor. Arena para la astringencia del llanto en reserva. 

Cae el sol, lo sé por el frío, no porque lo vea, aunque a lo lejos algo moribundo se le puede llegar a parecer. Se ahoga en su propia mierda por dimitir ante las nubes. Creo que también moriré así.

Hay dos niños jugando a perseguir el agua. Casi nos puedo reconocer en ellos. Teníamos la misma edad cuando nos encontramos y los mismos coqueteos inocentes ocupábamos en aquel entonces. Ojalá ellos sean más inteligentes. Ojalá sepan que el encontrarse prematuro en la vida, no es sinónimo de un amor pasajero…
Le pido al mar se apacigüe un poco. Ese es mi regalo para ellos: la ausencia de preocupaciones por cinco minutos… Hay veces en que solo bastan cinco minutos para determinar una vida entera.
Él me hizo caso y se recoge. Ellos se besan. Yo muero un poco más.

Debuta la bruma a ras de piso y en el cielo, las nubes se fueron a dormir. Miles y miles de estrellas se aglutinan sobre un ébano profundo. Algunas se lanzan al mar creyendo que otro cielo existe ahí, otras titilan tan fuerte como pueden pues, presienten su extinción a la vuelta de la esquina. El resto se queda estacionado en la contemplación del universo y su reflejo como escarcha en el agua.
Un olor a baja marea se desprende, a añoranza vieja… Un deseo por concluir.
Quiero moverme, pero un magnetismo sigiloso me detiene, un dejo de seguridad parecido al abrazo materno en noches de pesadillas.
Ya estamos solos. La gente se marchó y las aves retornaron a sus nidos.
-         - Tengo tanto por contarte – Dije en voz alta, cargada de melancolía. – Pasaron los años y seguimos siendo tú y yo. – Él rugió.
Me levanté para mojarme los pies en la espuma. Comencé a hacer agujeros en la arena con los dedos mientras caminaba conversando con sus gruñidos. Le conté lo que a nadie le había dicho tal vez, por vergüenza o bien, por orgullo; a final de cuentas es la misma porquería: Trabas, caminos sin salida y oscuros, con melasmas de zozobra impregnados por los recodos… el retrato de una soledad austera y presuntuosa. Creo que le oí llorar, aunque pudo ser otra ola desintegrándose de golpe.
-          -No. – Le respondí. – ya no soy la que solía ser. Fui abatida sin darme cuenta o no lo quise hacer. Ni rastro queda de la que conociste. Hay veces en que también la extraño. En alguna parte se perdió, sin dejarse encontrar. En una de esas, se marchó a buscarle.
El agua estaba tibia, peculiar para estas fechas y latitudes, un cambio sutil con un entrelíneas. Podría ser una advertencia o solo el efecto del calentamiento global.
Apareció la luna en creciente, tímidamente teñida de rojo para destacar entre tanto negro. Puse las cosas de vuelta en el bolso para volver a casa y emprendí rumbo.
Alguien venia caminado en sentido contrario, también solo, con las manos en los bolsillos, el pantalón arremangado hasta las rodillas, conversando con el mar. “Otro loco. – Pensé. – Todos actuamos igual.”  Venía lejos, sin importarle la subida de las aguas, absorto mirando el vacío, ausente, como cuando alguien pierde algo y nada más importa. La marca de un corazón destrozado. Sentí pena por su dolor.
Pasó por mi lado y hubo un estallido proveniente de ningún lugar, se iluminó en horizonte con  candiles de gala, escarcha y vanidad, con un silencio demencial mientras al agua retrocedía. “Terremoto” Pensé.
El hombre se quitó la capucha para poder ver mejor lo que sucedida a lo lejos.
-         -  Magia – Dijo sin percatarse que yo continuaba ahí, dispuesta a salir corriendo en cualquier segundo. – Magia vieja de sirenas en fuga. – Tras decir esa frase, supe que acabaría todo.
-         -  Magia vieja que envuelve a las almas al reencarnarse. – Le contesté. Su expresión cambiaba del extasis al pánico por hallarse en el mismo lugar y a la misma hora con la misma persona que hacía tantos años atrás.
-          - Magia vieja… que me trae de vuelta a mi sirena. – Me tomó la mano sin preguntar siquiera.

El rencor había quedado relegado al olvido. El tiempo perdido se convirtió en un lapsus de animación suspendida. La muerte no perseguía la felicidad. Se habían separado para siempre la una de la otra. Éramos una vez más, los niños de edad temprana jugando a ser adultos con un amor en pausa.
-         - Bésame en silencio. – Le dije, reconociendo en sus ojos al hombre que amé. – Me lo debes.
-          -Te debo la vida entera. Haz con ella, lo que quieras.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER


martes, 9 de enero de 2018

LA MIRADA




He visto cómo te mira: Hambriento. 

Irascible por la sed que lo consume, siendo acorralado por la necesidad de probar un poco de absolución; un bocado prohibido para él desde que te vio sonreír. 
Hay inquietud en sus ojos al no encontrarte entre la gente, un dejo de incertidumbre sobre un futuro que no alcanzó a llegar y fantasías sin nacer. La desesperación de un loco ardiendo en el infierno, apaciguada solo por el rugir de tus tacones componiendo réquiem en el cemento ardiente de media tarde. 

Depravaciones nunca conocidas comienzan a tomar forma al despojarte de a una la indumentaria; un desquicio sin tratamiento aflora cuando la desnudez no es el siguiente paso por seguir. Se percibe la inmoralidad exasperada emanada de cada pestañeo con arabescos de consumación carnal elevándose entre sus plegarias antes de saludarte. Es sexo susurrado en los silencios. 

La furia de las olas se condensa a fuego lento, resucitando naufragios de deseos añejos sin concretar. 

He visto cómo te mira: La salvación. 

Un pacto implícito de su alma a cambio de un beso tierno entregado por azar al alinearse los planetas a su favor, esa esperanza que mantiene en vilo por las noches, concediendo luego, un día cargado de posibilidades, que mata y da vida, que agota y revitaliza, que hace daño y sana. 

La búsqueda incansable de una imagen borrosa rescatada desde un sueño febril traído de golpe a la realidad, tomándola por una y renunciando a lo conocido con tal de la felicidad, por efímera que sea. 

El indulto de los pecados a sabiendas de la condena al conocer el rostro de la salvación: El tuyo, para él. 

He visto cómo te mira: La reminiscencia. 

La añoranza de un pasado donde hubo calma y con tal de respirar aire limpio por una vez, vivir enraizado a un recuerdo, en la infancia más pura, donde no había destrucción, ni daño, ni corazones a medio partir, un mendrugo de familiaridad combinado con el miedo a lo desconocido: Un abismo sin fondo con escarcha de rosas en cristal. 

Un suspiro congelado en el tiempo, pospuesto una eternidad con tal de verte llegar y ahora que estás aquí, su mundo se acelera hasta colapsar en un instante, el mismo en el que le sonreíste porque te dio la gana, sin saber de la adoración profesada por un pobre condenado que nunca supo de qué se trataba el juego. Apostó consciente de la pérdida: Él contra el océano hecho mujer, catástrofe y hermosura. 

He visto cómo te mira: La promesa de sexo al caer la noche. 


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER.  


lunes, 8 de enero de 2018

LA SEÑAL




Pedí por una señal y se enardeció la mar oscureciendo sus aguas hasta no dejar ver los secretos tallados en las rocas. Espuma se formó entre vaivenes sensuales de insinuaciones en respuesta a lo que pregunté, tentándome a lanzarme sin abrir los ojos antes de inhalar. Se apaciguó después de un rato.

De fondo empezó a sonar una canción que inevitablemente susurra tu nombre, aunque solo para mí. Ese sabor agridulce que acarrean los recueros al resucitar con tu rostro: dolor y alegría reducidos a ti.
Hay un barco echando redes cerca del horizonte… y detrás se aproxima amenazante la bruma…
De pronto, me encontré fantaseando con nosotros dos solos en la playa, sin nadie alrededor, cuando el mundo aún duerme, mirando el mismo barco echando redes, sumidos en coqueteos descarados, besos lentos suplicantes por no extinguirse jamás, perdida en el vibrato de tu voz camuflándose con el reventar de las olas, tus dedos jugueteando con mi pelo revuelto por le viento y yo, refugiándome en tu abrazo. Seríamos tan felices si nos decidiéramos.
Las golondrinas no pueden contra el suspiro del mar. Los alcatraces, sí.

Pedí una señal y tuve a la muerte de frente con dos opciones para ofrecer: acompañarla de una vez o dejar de desperdiciar la vida. Ahí fue cuando volviste a aparecer. Lo peor que puede pasar es que sigas sin querer saber de mí… Tengo que finalizar los asuntos inconclusos por si decide venir a buscarme o me voy a quedar vagando entre estas paredes por la eternidad.
Tengo ganas de tomar tu mano y caminar al caer la noche, hacer planes a futuro y reírnos de nuestra inocencia. Quedó un vacío tan grande al irte, exacerbándose cuando ataca la melancolía o cuando el deseo se convierte en fiebre incurable. Tengo ganas de retroceder el tiempo, maravillarme con la simpleza de un día cualquiera contigo matando las horas, contarte que tuve una profecía y que no importa lo jóvenes que fuimos, el amor era real y antiguo, de mil reencarnaciones, pero siempre tuya y siempre mío. Tengo ganas de desnudarte, de estudiarte, redescubrirte… de curarte. Sin embargo, nada de lo que quiero importa, porque de una forma u otra, muy en el fondo sé que no se cumplirán. 
Las golondrinas no pueden contra el suspiro del mar.  Los alcatraces, sí. Recuerdo un tiempo en que fui un alcatraz.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER. 
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Tu Arcano del dia

© Francisca Kittsteiner, 2008 - 2009.
- Franykityzado por Klaus, ©2009.